25 de febrero de 2013

Pajarito, el arte de cantar en la calle

Donde vivía antes, había un vagabundo cantarín que se pasaba los dias sentado en el suelo de la calle, lloviera o hiciera sol, junto a su cartón de vino barato y a su perrilla, "Chispa".
Daba igual que fuera invierno o verano, él siempre llevaba encima toda la ropa que tenía, para no perder nada.
Desde que se despertaba hasta que se quedaba dormido de tanto alcohol, cantaba sin parar. Se inventaba las letras de las canciones e, incluso, cuando se encontraba con fuerzas, bailaba. Era muy feliz.

Todos en el barrio le queríamos porque siempre estaba sonriendo y nos daba los buenos dias. A mi abuela la llamaba "madre". Le bajábamos comida y ropa vieja para que no le faltara de nada. Todos querían a Pajarito (no sabíamos su nombre real, pero le apodábamos así por lo cantarín que era).

Una noche de invierno, en 1997, de éstas que el frío no se puede aguantar, Pajarito se quedó inconsciente, y yo, llorando, fui corriendo a casa para que mi padre llamara a la ambulancia.

Se lo llevaron, y yo, entre lágrimas, escribí esto:


Ruiseñor de la mañana,
espléndida voz de azúcar,
mi amor se ha dormido en tus dulces palabras
pero, esta noche, ya no estarás.
Sólo un milagro puede salvarte,
y, es que, la muerte
ya llega a tu puerta,
ya te puedes marchar
con la música a otra parte.
Con las venas cargadas
de puro alcohol
y el estómago vacío, 
la bondad desbordada
por tu mirada
poco a poco se desvanece.
Sonrisa infantil, manos delicadas....
"El final" todo lo puede.
Así me despido, diciéndote:
"Hasta mañana, si Dios quiere".


Pajarito volvió a los dos dias, con fuerzas renovadas y con nuevo repertorio de canciones.
Y gracias al cielo, que hoy sigue por este barrio, por estas canciones, por estas vidas... Me sigue preguntando por "la madre" y sigue cantando, felizmente, con su medalla de fútbol al cuello
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